lunes, 14 de diciembre de 2015

“La Tercera que mata, vivía por y para el fútbol”

RECUERDO A 50 AÑOS. MIGUEL UBALDO IGNOMIRIELLO HABLÓ DEL EQUIPO QUE MARCÓ UN HITO EN EL FÚTBOL DE ESTUDIANTES Y DEL MUNDO

Ese plantel juvenil fue la semilla que germinó luego: ocho de los once titulares en Old Trafford se habían formado allí


Miguel Ubaldo Ignomiriello, con 88 años, todavía sigue con ganas de seguir trabajando en el fútbol. Fue el creador de La Tercera que Mata

Miguel Ubaldo Ignomiriello, con 88 años, todavía sigue con ganas de seguir trabajando en el fútbol. Fue el creador de La Tercera que Mata

Por MARTIN CABRERA

Don Miguel Ubaldo Ignomiriello habla de “La Tercera que mata” con la misma convicción de 50 años atrás, cuando la tarde del 14 de diciembre de 1965 se consagró campeona tras derrotar 5-1 a Independiente en la cancha principal de Estudiantes. “Ese equipo fue el que inició la mística en el Club” , resalta con orgullo.

Sintesis

Ese conjunto, que para Carlos Bilardo tenía apodo de película nacional, lo empezó a formar Ignomiriello a comienzos del ‘64, por un expreso pedido del presidente Mariano Mangano.
Con los jugadores que había en inferiores, más otros que llegaron desde distintos puntos del país se formó un equipo que en su primer año fue subcampeón, en 1965 levantó la copa, en el ‘66 campeón invicto de Reserva, al otro año se convirtió en el primer club no grande en salir campeón en Argentina y en 1968 coronó el proyecto con la copa Libertadores y la Intercontinental. De los 11 titulares en Old Trafford, 8 se habían iniciado allí. Y de los 18 de la lista de buena fe, 12 eran producto de ese trabajo.
“Incorporamos un médico y un preparador físico cuando algunos creían no era necesario, hicimos ponerle luces a la cancha auxiliar para entrenar de noche, conseguimos becas para los chicos del Interior, empezamos a implementar las concentraciones, trabajamos tácticamente y hasta jerarquizamos a los jugadores con indumentaria”, arranca con su diálogo Ignomiriello, el mentor de un proyecto y la persona que hizo fuerza para que en diciembre de 1964 el presidente Mariano Mangano eligiese a Osvaldo Zubeldía como el técnico del equipo por sobre otros candidatos.
Y de la nada, como si se hubiera olvidado el dato más importante interrumpe la pregunta y dice: “Conseguimos habilitar la cancha auxiliar para partidos oficiales de juveniles, que hasta entonces era un lugar de entrenamiento los días que no estaba alquilada para un circo”.
-Pasaron 50 años. ¿Qué recuerda de ese equipo?
-Repito las palabras de Mercurio, el periodista de El Día en una nota del 15 de diciembre de 1965 “Estudiantes en su mística”. Con ese equipo empezó todo. De todos modos siempre repito que logramos todo gracias al trabajo y a los excelentes jugadores que teníamos. Sin jugadores no se puede hacer nada.
-Cuando Mariano Mangano lo convocó le dijo que quería armar un plantel que más tarde fuese campeón del mundo. ¿Imaginó que podía cumplirlo?
-Pero no, si digo lo contrario miento. El objetivo del Club era tener un equipo formado por hombres de las inferiores y el mío superar el trabajo que había hecho en Gimnasia. Por ese entonces la última vez que un equipo juvenil de Estudiantes había sido campeón era en 1957, con una Quinta División.
“El objetivo del Club era tener un equipo formado por hombres de las inferiores y el mío superar el trabajo que había hecho en Gimnasia”
-¿Y el primer objetivo de la Tercera?
-En 1963 quisimos superar los 12 puntos del año anterior e hicimos 24. Y en 1964 salimos subcampeones porque en un partido clave contra Central Cacho Aldave, que era el técnico de la Primera, me pidió a la Bruja Verón y al Bocha Flores. Ese partido lo perdimos.
-¿Qué hacían con los jugadores que llegaban del Interior?
-Ese fue un problema, porque el Club no tenía pensión. Entonces empezamos a pelear con la Comisión Directiva para que empezara a construir un pensión en el predio de 57 y 1. Los convencí de poner loza en el techo de los vestuarios que iban a empezar a hacer al lado de la cancha auxiliar. Con el correr de los años ese lugar se transformó en el Pabellón Dante Demo.
-¿Por qué ese equipo fue años después campeón del mundo?
-Porque trabajó con suma intensidad y fue superando cada una de las etapas, no sólo en la técnica y competencia, sino en la personal. Esos jugadores no tuvieron problema de ninguna naturaleza porque se dedicaban a jugar al fútbol. Esos jóvenes no tuvieron cumpleaños de 15, fiestas... Vivieron por y para el fútbol. Ese plantel tenía estirpe de campeón. Nunca más lo volví a ver en el fútbol argentino.
-Los partidos de Tercera se jugaban de preliminar. ¿Cuándo fue el quiebre que empujó a los hinchas a llenar la cancha?
-En el ‘64, a partir de una nota de Pinocho Areta, jefe de página de El Día que tituló “Esta Tercera no gana, mata”. Fue porque le dio vuelta un partido a Vélez que perdía 3-1 y lo ganó 6-3. Después de ese partido se empezó a promocionar tanto que en la final del 14 de diciembre de 1965 en lugar de jugar primero la Tercera, después la Reserva y más tarde la Primera, el público pidió que nosotros juguemos de preliminar para que los empleados públicos puedan estar, ya que se jugó un martes.
-¿Cuál fue el mejor jugador de ese equipo de la Tercera?
-Hubo muchos, pero Eduardo Luján Manera era un defensor extraordinario. Fue un fenómeno. Pero sería injusto con el resto. Poletti era el mejor arquero del país y la muestra estuvo que cuando lo subieron a Primera no bajó nunca más. Pachamé y Aguirre Suárez eran patrones. También fue muy importante Rubén Bedogni, que en 1965 hizo 23 goles en 23 partidos. Y no puedo ser injusto con Juan Miguel (Echecopar), jugador y persona maravillosa. Me costó mucho traerlo de Pergamino. Este es un caso que sirve para compararlo con la actualidad: ahora promocionan chicos que juegan dos o tres partidos y después desaparecen un tiempo. ¿Sabés cuántos partidos jugó consecutivos Echecopar cuando lo subieron a Primera? 74, ¡siete cuatro!
La charla se interrumpe por pedido de Maranga, un amigo de Ignomiriello que empieza a contar una anécdota relacionada al velorio de Juan Miguel Echecopar, el 29 de marzo de 2012. “Fue Don Miguel en representación del Club y le llevó una camiseta. Estábamos en un gimnasio municipal y la gente hizo silencio para escucharlo. Don Miguel se paró al lado del cajón y lo levantó para decirle ‘Juancito, este es el día que nunca imaginé, pero acá está un padre despidiendo a su hijo’. Nunca lloré tanto. Y cuento esta historia para que tengan una dimensión de que más allá de lo futbolístico en ese grupo había algo más”.
La Tercera que Mata será un recuerdo para algunos los hinchas. Otros ni sabrán de qué se trata. Pero para la mayoría de los Pincha será siempre el primer eslabón de una historia que llegó a un momento soñado tres años después. Don Miguel Ignomiriello fue su creador. Y hoy tiene el merecido homenaje.

 

“La clave está en el trabajo”

ENTRENAMIENTO
Para Miguel Ignomiriello el secreto del éxito es el trabajo, pero no sólo el relacionado a los entrenamientos, sino también a la hora de seleccionar a los jugadores. “Para eso hay que poner gente idónea no amigos, los amigos están para compartir asados no para el manejo del fútbol juvenil”.
El hombre se especializó en el fútbol juvenil. Primero trabajó en Gimnasia y años después lo hizo en Estudiantes, donde fue el nexo ideal entre las Inferiores y Osvaldo Zubeldía.
Durante la charla, Don Miguel retoma un tema que lo desvela: la formación de los futbolistas. “No entiendo como hoy en día los juveniles se entrenan una o dos horas por día. En aquel momento llegamos a hacer tres prácticas semanales de 90 minutos por semana. Si en las universidades más importantes del mundo están todo el día por qué un jugador de fútbol va a jugar una hora”.
“En su momento fui a entrevistarme con De Vicenzo y le pregunté cuántas horas practicaba por día. Y me dijo que todos los días de lunes a lunes seis horas, inclusive los días de lluvia”, continuó.
Luego hizo referencia a los tenistas, que trabajan entre seis y ocho horas diarias. Y cerró su concepto con una anécdota: “Hace un mes fui a cenar con el joven pianista Horacio Lavandera y su familia, aprovechando una visita a La Plata. Quería saber cuántas horas practicaba. Cuando me dijo 10 me di cuenta que estoy viejo pero loco todavía no”.


OPINON

Cambió la historia

Por PEDRO GARAY (*)

Cuando Raúl Madero llegó al club, en 1963, no lo podía creer: Estudiantes era un verdadero páramo, donde no había pelotas y, recuerda todavía incrédulo, las medias estaban tan duras, tras haber sido reutilizadas tantas veces, que cortaban la circulación.
Aquel año el Pincha terminó último y no descendió porque, de milagro, se suspendió la pérdida de la categoría. Quién podría haber imaginado que ese año negro en la historia de Estudiantes marcaría para siempre su destino: quien podría haber adivinado que en esa temporada se pusieron en marcha las ruedas de la mística. Porque por la misma puerta por la que había llegado Madero aterrizaba Don Miguel Ignomiriello. Bajo el brazo traía un plan de formación de juveniles que levantaba muchas cejas puertas adentro y que cambiaría para siempre la hasta entonces improvisada historia del fútbol juvenil.
La idea de Don Miguel era una obsesión que inauguraría el ADN de Estudiantes: quería planificar todo, desde el peso de los jugadores hasta el modo en que se comportaban. Hasta “inventó” algo similar al “Gatorei”. Es que Don Miguel había identificado con rigor clínico el problema: era parte de un sistema inherentemente injusto donde los grandes depredaban el talento de los chicos, un juego en el que el bolsillo de un club como Estudiantes no podía competir. Había que cambiar las reglas del juego: había que apostar a la cantera.
Mariano Mangano apoyó el proyecto, que parecía entonces cosa de locos, y la historia le dio la razón: no sólo por aquella Tercera deslumbrante; “aquello”, rememora Alberto Poletti, el arquero campeón de todo con el Pincha, “fue un ciclo”, que incluyó un campeonato de Cuarta y un subcampeonato de Sexta en 1964, un campeonato de Sexta en 1965, un campeonato de Reserva en 1966, y que, por supuesto, culminó en Old Trafford: ese equipo campeón del mundo incluía siete jugadores que habían sido parte de la Tercera que Mata, donde había comenzado a forjar esa estirpe laburante, estudiosa y ganadora que algunos llaman laboratorio y otros mística (y otros, antifútbol), pero que no era más que, como decía Ignomiriello a EL DIA en 1965, “trabajar, trabajar, trabajar”.

(*) Co-autor del libro “La Tercera que Mata”, de próxima aparición

 

www.eldia.com.ar

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