Pasó el Clásico, el hincha como lo vivió
Desde la playa, el bar y hasta en un cine, o con
la magia de la mítica radio, el show de los platenses se vivió de mil
formas, con ritos y nervios, y en rincones recónditos
Lo que queda del fútbol no es el resultado final. Más allá de que el
paso de los años registre los apellidos de los que entraron y el
marcador, hay condimentos que están fuera del alcance de la transmisión
de la TV o de los propios hinchas que entraron ayer a 60 y 118. ¿Cómo se
vivió en otras partes?
El mar se comía la costanera de Las Toninas. Franco Ferrari se metió a
un bar, en donde rápidamente se le acercó un joven del conurbano que,
al verlo con la rojiblanca, quedó automáticamente invitado a charlar y
ver juntos el partido. A sus espaldas, dos Triperos. “Todo bien con
ellos, pero no hubo diálogo”, explicó el joven Franco.
En San Clemente, Fabián Estuard, otro Pincharrata
que habita el barrio San Lorenzo, agitaba la bandera entre el viento y
la arena. La misma que estrenó en 2006, cuando debutó como DT Diego
Simeone. “Estos son los pagos de Abel Tití Herrera”, dijo el fanático.
Pero el personaje más especial del sábado fue Sergio Chicote,
quien desde que no hay ingreso del público visitante decide meterse en
un cine, pero lejos de la ciudad ya que no quiere saber nada sobre el
partido. “Es por costumbre, diría el doctor Bilardo, no por cábala”, se
ríe y muestra su entrada de $190 para ver un filme que solo eligió por
su horario: tenía que empezar a las 17. Maze Runner fue la película a la
que poca atención le pasó.
En Brasil, la familia Rosales disfrutó con una foto enviada
especialmente a diario Hoy. Súper pinchas, de los que van siempre a la
cancha, aprovecharon para seguirlo por radio desde San Pablo.
A su vez, regresando desde Porto Alegre, otros Albirrojos como los
Gil Sosa pegaban la vuelta por la ruta hacia Paso de los Libres,
recibiendo la información por WhatsApp a través de un hijo que lo veía
en el Country.
La tarde cayó con sus deudas emotivas. El sol naranja se filtraba
entre la arboleda del Bosque platense. El planeta había visto pasar otro
clásico muy luchado y poco vistoso en el césped, pero increíble en las
graderías. Los que más descarga energética vivieron fueron los que
estaban en el “Juan Carmelo Zerillo”, que apurando el paso de la salida
revisaban en la memoria una mezcla rara de escenas del ayer con las del
presente. Al fin y al cabo, el hincha, ese que nunca cambia de colores,
en su propio torneo personal, volvía a ser la gran figura.
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